Santo de mi devoción
Diana Díaz, la hija de Alberto Korda, el mítico fotógrafo cubano, se nos apea hoy con una semblanza edulcorada de dos jóvenes idealistas que, tomados de las manitas, iban saltando por este mundo, uno haciendo pavorosas revoluciones y el otro, encantado, tomándole fotos. Un día no muy lejano, servirá eventualmente para canonizarles. Una canonización de tono suave. “Cuando acompañó durante diez años a Fidel siempre trató de tomar imágenes del ser humano, no del líder”, dice ella en una entrevista. (cubadebate.cu/ 25,V,11). “Cuando muchos consideraban a Fidel como un dios mi padre mostraba que era un hombre, con una vida privada, igual a nosotros…” Nada de despelotes en el yate ni de jevitas —como se le llama a las chicas, o se les llamaba, en mi época— ni aquellas francachelas al pairo en la corriente del Golfo. ¡Vaya si eran humanos! Los dos. Pero no fueron tantos años, Dianita. Fueron apenas tres. Vaya, casi cuatro. El problema fue que la noche del sábado 6 de octubre de 1963, Chicho (Bienvenido Pérez), el jefe de la escolta de Fidel, llamó a Korda desde Palacio (todavía era el antiguo Palacio Presidencial, de la Avenida Misiones), para decirle que se presentara ipso facto, ya que debían partir con el Comandante hacia las provincias orientales donde se había presentado un “cicloncito particularmente jodedor”. En aquellos salones donde en otros tiempos celebraron sus ágapes los Batistas, los Graus, los Príos y otra vez los Batistas, el líder revolucionario estaba ofreciendo una recepción de alto nivel en honor de Valentina Terershkova, la primera mujer cosmonauta del mundo, que visitaba la isla desde el martes primero de octubre, pero comenzaron a llegar los partes sobre la devastación. El hijodeputa se llamaba Huracán Flora, o hijadeputa porque Flora es femenino, y Fidel, típico, decidió presentarse en la primera línea de combate, y de inmediato a decirle a Chico que alistara los tres Oldsmobiles, y a cambiarse el traje de gala por el uniforme de campaña, ah, y también, Chicho, localiza a Korda. Dale, Chicho, que esto es para ahora. La Tereshkova se ofreció como voluntaria y no se sabe cómo ni porqué estaba al otro día al mando de los controles de un Illushin-14 bimotor que no pudo pasar de Varadero —130 kilómetros al este de La Habana— porque los vientos en contra impidieron continuar. Hacia dónde iba con ese trozo de hierro flotante que es el Ill-14, nadie lo sabe con precisión. En cambio, sus argumentos se conocen: que ella era una especialista en primer grado en los MiG-15. Regresemos al Diente. Nunca apareció. Al menos esa noche de vivaqueo. Ni al otro día. Ni tampoco al otro, el lunes 7, cuando Fidel estuvo a punto de matarse a bordo de un anfibio soviético en las crecidas del río Rioja. Dicen que Korda surgió en el escenario como a los cinco días, con su chaqueta beige de cazador de la selva pero vacíos los bolsillos frontales para los cartuchos de municiones y las habituales Leyca y Nikon al cuello, y su encantadora sonrisa, por supuesto. Diente. Explico que le decíamos así en un muy reducido grupo de amigos, porque nos basábamos en la tesis de que le hincaba el diente “a cualquier cosa”, es decir, a cualquier muchacha que le pasara por delante. No perdonaba una. Para ser preciso, no pasamos de dos los que instrumentamos el mote: Roberto Salas (otro extraordinario fotógrafo) y yo. Salas, que a su vez era Salitas o El Chen (una onomatopeya sin sentido definido). Y yo que era El Flaco. Eso sí, hube de hacer la pregunta en algún momento. “Diente”, me interesé años después, “¿y dónde carajo tú te metiste esa noche fatal?” Por toda respuesta, Alberto Díaz Gutiérrez, alias comercial Korda, alias para dos de sus socios El Diente, se abrió el botón superior de la camisa y, sosteniéndolo entre sus dedos, y meneándolo ante mis ojos, me mostró el diente de tiburón cuya corona estaba engastada en una pieza de plata que a su vez, mediante una pequeña argolla, lo sujetaba a la cadena de gruesos eslabones también de plata que le rodeaba el cuello. ¡Desde luego! ¿Qué iba a estar haciendo? Pues, como siempre, el Diente cumpliendo con sus sagrados deberes de diente. “Ya conoces el lema, Flaco. Mi reino por un culo.” Así fue que Alberto Korda cayó en desgracia. No de inmediato, pero sí como solía suceder en el entorno del Comandante. Que la caída en picada sea despacio. La muerte a sombrerazos. Está buena la descarguita para un día como hoy, en que se cumplen los 10 años de la muerte del Diente. Un infarto, en París. Repatriado el cadáver, Fidel por lo menos tuvo aquello de presentarse en el cementerio. También para él tiene que haber sido una jornada triste. Tiene que haberse dado cuenta del amigo que se perdió por casi 40 años. Pobre hombre. Nunca puso en peligro su reino, ni supo lo divertido que podía ser. Por cierto, Dianita, no repitas más que se encontraba “frecuentemente” con Fidel en viajes y eventos. No se volvieron a ver desde un día impreciso de 1964 —cuando Fidel lo utilizó de comodín para que lo acompañara en un recorrido con el gringo Lee Lockwood, que lo entrevistó para Playboy—, hasta el 22 de noviembre de 1984, que se tropezaron de casualidad en uno de los pasillos del Palacio de las Convenciones de La Habana. Fidel participaba en un evento de medicina o de economía o de inseminación artificial masiva y, Korda, en un llamado III Coloquio Iberoamericano de Fotografía. A Fidel se le iluminó el rostro al ver al diminuto Korda —sí, parecía un gnomo, el hermanito— frente a él y fue en extremo cariñoso y los dos se tocaban y se decían piropos mutuos, pese a los recelos de la escolta, de la que ya Chicho hacía muchos años estaba apartado. De ese encuentro salió un coche Lada para Alberto y a la larga que él pudiera iniciar las gestiones para cobrar la fortuna por concepto de derechos de autor que le debían en medio mundo por su archifamosa foto del Che. Hablaremos sobre esto en otro momento. Así como de la bronca sórdida y la enemistad que de inmediato surgió entre Korda y José Millar Barruecos “Chomy”, el ayudante de Fidel, por los defectos y desajustes del Lada asignado a nuestro socio. Manténganse alertas.
Foto: 30 de diciembre de 1989. Estamos en mi casa. Mi atuendo se debe a que celebro una de mis bodas. Bajo mi brazo derecho, el poeta Guillermo Rodríguez Rivera; a mi izquierda, Silvio Rodríguez y Alberto Korda.


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